miércoles, 4 de abril de 2012

Mis razones para decir no al proyecto de la refinería extremeña


El lector de este blog se estará preguntando ahora mismo qué tiene que ver la virgen de arriba con el tema de este texto. Habrá quien piense que la foto está aquí por error, pero no es así. Esta imagen se pasea los dos domingos de Semana Santa por las calles de Jerez de los Caballeros. Resulta ser la Virgen del Rosario, figura a la que el empresario industrial Alfonso Gallardo rinde una gran devoción. En Jerez saben bien de las grandes aportaciones que ha hecho Gallardo para vestir de oro a esta virgen. Allí nadie duda de su fervor ni de la importancia de su obra empresarial como motor económico de la ciudad.
Los técnicos del Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente han dicho no a la refinería ideada para Extremadura. Hace casi una década que Alfonso Gallardo presentó el proyecto que será finalmente frustrado, salvo novedad excepcional. Además de los años, han pasado por el panorama político nacional y autonómico gobiernos de distinto signo. Ni ellos ni la Virgen del Rosario, a la que seguro que Gallardo se encomendó en sus oraciones, han sido capaces de imponer a la sociedad extremeña una instalación industrial de la que, según algunos, depende nuestro futuro.
En todo este tiempo también han pasado otras cosas. Han surgido plataformas ciudadanas a favor y en contra de la refinería. Los andaluces se han opuesto a que un oleoducto pase por sus entrañas, cerca de Doñana. El Grupo Alfonso Gallardo se ha replegado vendiendo algunas de sus empresas y se ha visto obligado a despedir trabajadores o “regular el empleo” en sus factorías. Por otro lado, el propio Gallardo empezó misteriosamente a interesarse por los medios de comunicación y compró tres cabeceras de prensa escrita, entre ellas El Correo de Andalucía, decano de los periódicos sevillano. Su repentino interés por el periodismo sorprendió, sobre todo si se tiene en cuenta que nunca ha sido amigo de mostrarse ante una cámara o conceder entrevistas a pesar de su relevancia.
Quienes nos hemos opuesto a la refinería hemos expresado nuestra satisfacción por la negativa a través de las redes sociales y hemos recibido críticas de quienes sí querían este macroproyecto industrial en nuestra tierra. En teoría, poco podemos argumentar los legos en la materia, ya que la decisión la han tomado técnicos especializados. Pero muchos piensan que el veredicto es injusto porque tiene más de político que de científico. Puede ser, pero no se ha podido demostrar. En principio, sólo los propios técnicos saben si han obrado bien o se han dejado llevar, igual que sólo Alberto Contador sabe si es inocente de dopaje o ha hecho algo mal.
Pero no quiero hablar de política, sino de mis propias razones. Algunos se lamentan porque, según ellos, Extremadura no va a salir adelante sin la refinería. Me pregunto qué castigo divino se nos ha impuesto para que sea así. Si es cierto lo que dicen, no entiendo cómo otras regiones de Europa y del mundo pueden alcanzar la prosperidad sin una refinería. Es más: según la historia que nos quieren hacer creer, no entiendo cómo los extremeños hemos podido progresar y entrar en el siglo XXI sin refinar petróleo.
Otras críticas apuntan a la doble vara de medir andaluza. Llama la atención que el oleoducto que necesitaría la Refinería Balboa sí afecte a Doñana y las playas del occidente andaluz y no lo haga el polo industrial de Huelva. Creo que en este caso deberíamos dejar el “y tú más” para recurrir al “y tú menos”. En lugar de solicitar los mismos derechos para contaminar, podríamos pensar en presionar a las instituciones medioambientales para que vigilen o revisen el impacto de la industria onubense en su entorno. Nunca se sabe, igual nos llevamos alguna sorpresa desagradable y hay que prohibir algo que esté permitido.
¿Queremos parecernos a Huelva? ¿Queremos ser como Puertollano? Probablemente nos gustaría ser como la buena gente que conozco de ambas ciudades. Pero dudo que nos guste su paisaje, su aire o, por qué no decirlo, su excesiva dependencia de una industria con fecha de caducidad. Recuerdo cuando en la escuela y en el instituto mis profesores de Ciencias Naturales, primero, y de Biología, después, me explicaban algo muy simple: que el petróleo iba a terminarse pronto y que cada vez tendríamos que prestar más atención a las energías limpias y renovables. ¿Estaban equivocados? No lo creo. Sigo confiando en aquello que me contaron.
Se habla también de la baja industrialización de Extremadura, algo innegable. Lo que ocurre es que con la refinería se busca algo parecido a pasar del 0 a 100 de forma brusca. Pretendemos que la industria de nuestra región dependa cada vez más de la misma persona, con una macroinstalación inédita en la zona. Creo que debe haber más opciones intermedias, más proyectos de menor escala que puedan repartirse por más puntos de la geografía extremeña, con menos impacto en el terreno y con más garantías para perdurar en un futuro sostenible. No podemos jugarlo todo a una carta ni debemos olvidar el “pan para hoy, hambre para mañana”. Queremos una industria que nos ayude a vivir mejor el máximo tiempo posible y sin efectos secundarios.
Por si alguien se lo ha preguntado, no soy un anarquista utópico, un ecologista extremista ni aspiro a vivir del aire. Sé que la situación económica actual es muy complicada y que algo habrá que hacer, pero creo que ese algo no es una refinería. Tras la negativa a esta industria, el siguiente paso debe ser exigir a los gobernantes que se pongan las pilas para sacarnos adelante. Que le den vueltas al coco y ofrezcan alternativas viables, porque esa es su obligación y la han asumido voluntariamente. Cuando el informe se confirme y la refinería sea definitivamente rechazada, toca exigir a los políticos que dejen de discutir sobre el tema y se pongan a trabajar por un porvenir mejor.
Para terminar esta reflexión, quiero tratar dos asuntos importantes. Por un lado, quiero desearle toda la suerte del mundo a Alfonso Gallardo. Para hacerlo, tengo que olvidarme por un momento de que soy periodista. Voy a cerrar los ojos ante todo lo que ha pasado en El Correo de Andalucía y ante la precaria situación laboral de ese periódico. Voy a quedarme sólo con las cosas positivas que me han contado de Gallardo algunos trabajadores de sus empresas no periodísticas que conozco. Por todas esas buenas historias, mantengo la esperanza de que el empresario más importante de Extremadura tenga una nueva idea mejor que la de la refinería y contribuya a sacarnos de la crisis. Si ha llegado a su posición actual, seguro que puede conseguirlo. Yo también me encomiendo a su Virgen del Rosario para que así sea.
Por otro lado, vuelvo a sentirme periodista y concluyo con un consejo: cuando lean, escuchen o vean un medio de comunicación, reflexionen sobre lo que se dice y sobre quién lo dice. Da igual que tenga apariencia de información o de opinión. En los medios públicos, piensen en la postura del gobierno de turno ante cada tema. En los medios privados, tengan en cuenta que son organizaciones empresariales y que ganan dinero. Aplicando esta reflexión al tema tratado en este texto, les hago esta sugerencia: descubran qué empresa industrial paga anuncios a diario en algunos medios extremeños y saquen sus propias conclusiones.

2 comentarios:

un pirata dijo...

Si todos los explicasen como tu, arreglarian muchas cosas...

Gabriel dijo...

Gracias por tus palabras y por pasarte por este blog a pesar de lo abandonado que lo tengo por culpa de otras muchas tareas. ¡Un saludo!