martes, 15 de noviembre de 2011

Elecciones generales. Reflexión II: Lo mejor que le puede pasar a un socialista

Lo mejor que le puede pasar a un socialista de verdad es que el PSOE pierda las elecciones por una gran diferencia. Que consiga un resultado inferior al de las elecciones de 1979 (30,4% de los votos). Que algunos de sus barones den un paso atrás y se quiten del medio. Que se produzca alguna revuelta interna y que sus militantes vuelvan a sentirse de izquierdas.
Lo mejor para un socialista quizá no sea lo mejor para el PSOE entendido como “empresa política”, pero seguro que será muy positivo para el partido entendido como organización progresista. En mi opinión, la decadencia del socialismo español no es resultado de la crisis, global e inevitable en muchos asuntos, sino que se debe a cómo han reaccionado sus representantes políticos ante esta coyuntura desfavorable. Han mentido, han incumplido promesas, han ocultado hechos relevantes, se han contradicho, han reaccionado con mucho retraso ante nuevos problemas… Las hemerotecas pueden sonrojar varias veces a la gran mayoría de los ministros y al propio Rodríguez Zapatero. Insisto: quizá lo peor de esta crisis no sea la propia crisis, sino la incertidumbre generada por unas políticas inestables que a veces pensaron más en revalidar triunfo en las elecciones generales del 2012 que en minimizar los problemas del país, pero que finalmente no han conseguido ninguno de estos dos objetivos.
Hace mucho tiempo que Zapatero dejó de ser el principal problema del PSOE. Puede que pase a la historia como el peor Presidente del Gobierno de España, aunque ni mucho menos quedará como la peor persona que ha ostentado este cargo. Hay que reconocer que sin sus interesantes y valientes avances sociales no se podría reseñar casi nada positivo de esta legislatura. Pero eso de poco sirve y, además, él ya es historia: hace meses que empezó a deambular como un zombi político y cedió el mando a su sucesor. Ya en la declaración del estado de alarma de finales de 2010, Rubalcaba actuó como Presidente del Gobierno de facto. Dio la cara y puso el cerebro. Desde entonces, ha realizado unas “prácticas en la presidencia” en las que ha suspendido o, como mucho, ha conseguido un aprobado insuficiente para ganarse el puesto fijo.
A Rubalcaba siempre le pesarán varias cosas: que fue elegido como candidato socialista mediante un "dedazo" sin consenso en la organización o, lo que es peor, con consenso forzado y fingido; que en su dilatada trayectoria hay muchas luces y muchas sombras, pero las segundas siempre se recuerdan más; y que, para muchos, se encontraba en la recta final de su dilatada carrera política cuando decidió aspirar al puesto más alto. No es frecuente que para renovar un partido se coloque al frente a un político casi una década mayor que el anterior líder, y afirmo esto con todo el respeto a la experiencia de los más veteranos. Por ello, deduzco que esa renovación no se ha producido y muchos simpatizantes socialistas desencantados también piensan lo mismo.
El PSOE ha abandonado la izquierda y ya no le quedan ni los símbolos de ese pasado. Zapatero dejó de ir a Rodiezmo y en su lugar fue Alfonso Guerra, todo un ejemplo de político pasivo en retirada que vive de las rentas, aburguesado en su escaño del Congreso. Extremadura ha dejado de ser un feudo socialista. Parece que sólo un milagro salvará a Andalucía en 2012 de un descalabro del PSOE impredecible cuatro años atrás. ¿Qué más se necesita para empezar de nuevo? Fernández Vara, una de las voces más “independientes” del partido, dijo hace poco que si el 20N se produce una derrota grave, habrá una convulsión interna. Rubalcaba le contestó pidiéndole silencio y diciéndole que “un mal día lo tiene cualquiera”. Quizá él mismo tenga que aplicarse otras frases hechas: “el que avisa no es traidor” y “nunca digas nunca jamás”.
Tras un tiempo de constantes nubarrones, una fuerte tormenta amenaza a los socialistas. Una vez arrasada toda su obra, ellos serán quienes decidan cómo reconstruir su futuro. Espero que, por su bien y por la mejora de la calidad de nuestra política, decidan hacerlo a partir del contexto presente y no sobre las anacrónicas bases del pasado más reciente.

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