lunes, 5 de septiembre de 2011

Vicios y otros riesgos evitables

Soy uno de los españoles que se alegraron con la entrada en vigor de la llamada ley antitabaco. Mi concepto de la libertad pasa por hacer lo que uno quiera siempre que no se perjudique al prójimo. Puede haber excepciones, siempre que la acción enjuiciada se realice por una causa noble, sea imprescindible y el beneficio sea mucho más importante que el daño. Por eso, me alegro cada vez que suben los impuestos al tabaco o a cualquier otra droga legal. Me parece estupendo llenar las arcas del Estado (que somos todos) gracias a quienes deciden perjudicar su salud de forma voluntaria.
Además del "tabaco sí, tabaco no", otro debate público típico de suplementos dominicales es el que gira alrededor de la tauromaquia. Soy partidario de una abolición o reformulación de los espectáculos taurinos de forma que se respete más al toro. Y no defiendo esto por desconocimiento de la fiesta nacional, precisamente. Me he cansado de aportar argumentos para defender mi postura, por lo que me niego a ofrecer alguno más. Los de izquierdas dicen que es cultura. Los de derechas alegan que es tradición. Y todos piden que se respete su libertad a disfrutar de un supuesto arte y recuerdan que los animales no tienen derechos. Me parece estupendo, pero no pienso así. Y, de forma excepcional, en este asunto soy de mente cerrada y reaccionario.
El caso es que los espectáculos taurinos han sido un tema habitual en la crónica de sucesos de este verano. El pasado domingo se sumó otra víctima en la lista negra de las fiestas populares españolas. Descanse en paz, pero tengo la impresión de que cada mala noticia sigue siendo una anécdota. Nada va a cambiar en los próximos años. Miles de personas se pondrán delante de uno o varios toros sin la preparación física o psicológica (si es que la hay) necesaria para hacerlo. Se jugarán la vida innecesariamente y nadie podrá evitarlo, porque hay que respetar su presunta libertad para hacerlo.
Con este panorama, quiero hacer una comparación. El equipo de fútbol de mi pueblo juega en la última categoría. Sus jugadores son aficionados al deporte, no profesionales. Cada uno de ellos debe pagar, obligatoriamente, una cuota anual de 78 euros como seguro médico. Mientras tanto, en otros pueblos de España algunos valientes dedican unos días al año a regatear toros. Son aficionados al riesgo. Los ayuntamientos sufragan estos festejos y las heridas causadas las pagan la sanidad pública (que somos todos) y las familias, con su dolor. ¿Es justo?

4 comentarios:

La mente insana dijo...

Planteas algo muy interesante respecto a los festejos taurinos que se hacen en verano en muchos pueblos. Pienso que quién arriesga su vida participando sin estar en condiciones en esos eventos es bajo su responsabilidad y no hay porqué compadecerle. Pero ese tipo de festejos que sufragan los ayuntamientos ya se hacen con el ojo puesto en el turismo y en cómo se llenarán las arcas del mismo durante las fiestas con la concesión de barras, locales, puestos de venta y demás. No deja de ser algo puramente económico y la asistencia médica es un requisito que pide el Estado. Todo el mundo tiene derecho a recibirla, incluso los idiotas que se lanzan borrachos a correr delante de un toro.

Gabriel dijo...

Pero cuando recuerdo lo de los 78 €, yo me pregunto ¿por qué? ¿Por qué? Mientras que otros valientes se gastan esa misma cantidad en botellón previo a un encierro ¡jeje!

La mente insana dijo...

Créeme, que sería el primero en dejar a muchos idiotas con las costillas rotas tirado en el suelo después de que los haya cogido el toro.

Gabriel dijo...

Hombre, eso no está bien. Me refiero a que cada uno debería pagarse sus riesgos objetivos, no a que no se les preste atención sanitaria a descerebrados aunque sean descerebrados.